MITRE Y SUS NOBLES ODIOS
En la dedicatoria, con velada ironía, apunta el poeta gaucho: “Hace veinticinco años que formo en las filas de sus adversarios políticos –pocos argentinos pueden decir lo mismo-; pero pocos también se atreverían como yo a saltar sobre ese recuerdo para pedirle al ilustrado escritor que conceda un pequeño espacio en su biblioteca a este modesto libro”.
En marzo de 1879, cuando el libro andaba por la undécima edición, con más de 50.000 ejemplares vendidos, José Hernández envía un ejemplar de MARTIN FIERRO al general Mitre
Mitre le contestará, con amabilidad más distante: “Ese libro faltaba en mi biblioteca americana y el autógrafo de su autor, de que viene acompañado, le da doble mérito. Agradezco las palabras benévolas, de que viene acompañado, prescindiendo de otras que no tienen certificado en la república platónica de las letras”.
Más adelante, en el mismo escrito, Mitre se va a despachar contra “la filosofía social” del libro “que deja en el fondo del alma una precipitada amargura sin el correctivo de la solidaridad social”. Era más que obvio que no podía gustarle el contenido ni la forma del magno poema hernandiano, ya que Martín Fierro era la representación artística más acabada de la montonera gaucha a la que como presidente el propio Mitre había mandado exterminar. Por eso dejará caer estos consejos finales: “Mejor es reconciliar los antagonismos por el amor y por la necesidad de vivir juntos y unidos, que hacer fermentar los odios, que tienen su causa, más que en las intenciones de los hombres en las imperfecciones de nuestro modo de ser social y político”.
Pasados unos pocos años, en 1887, la historia parece volver a repetirse. Ahora es Adolfo Saldías quien envía a Mitre un ejemplar de su "Historia de Rosas y de su época" con amable y respetuosa dedicatoria. El General lo lee en un día y una noche, según recuerda Ricardo Rojas, y al día siguiente le contesta en una extensa carta, uno de cuyos párrafos señala: “Si por tradiciones partidistas entiende usted mi fidelidad a los nobles principios por que he combatido toda mi vida, y que creo haber contribuido a hacer triunfar en la medida de mis facultades, debo declararle que conscientemente las guardo, como guardo los nobles odios contra el crimen que me animaron en la lucha. Admito, como Lamartine, que las víctimas se den el abrazo de fraternidad sobre las tumbas de sus verdugos, pero pienso que el odio contra los tiranos es una fuerza moral, y pretender extinguirlo en las almas es desarmar a los pueblos y entregarlos como carneros sin ira en brazos de una cobarde mansedumbre”.
Como se observa, para el irascible derrotado de La Verde, la historia –encendida de “nobles odios”-, era “persona non grata” en la República Platónica de las Letras. Tomen nota algunos amables historiadores del presente que pretenden hacer de su oficio un mero ejercicio de juegos florales.